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EL APRENDIZAJE ACADÉMICO ES SOCIOEMOCIONAL


Hace unos días me llegó un mensaje que decía lo siguiente: “Si un niño logra manejar matemáticas avanzadas, hablar dos idiomas o tener excelentes notas, pero no puede regular sus emociones, practicar la resolución pacífica de conflictos o manejar el estrés, nada de lo anterior importará realmente.”


Este es un mensaje popular, pero que reafirma la dicotomía que muchos creen que existe entre el aprendizaje académico y el aprendizaje socioemocional. Aunque siempre hay excepciones, lo que en realidad se observa en las salas de clases es que los niños que logran matemáticas avanzadas, hablar dos idiomas o tener buenas notas, frecuentemente saben regular bien sus emociones, tienen buenas relaciones interpersonales y manejan el estrés.


Entonces, la pregunta es ¿cuánta relevancia tienen estas competencias socioemocionales para que los estudiantes tengan logros académicos? Debiéramos estar pensando en cómo ayudar a más y más estudiantes a tener estas habilidades que les permitirán alcanzar todos sus objetivos, académicos, sociales, personales. Las destrezas académicas son importantes y no se contraponen con el aprendizaje socioemocional, por el contrario, se construyen desde una base socioemocional adecuada. El tema es saber cómo estructurar ambientes de aprendizaje que les permitan a todos y todas las estudiantes tener esas competencias socioemocionales fundamentales para lograr las destrezas académicas.


Las investigaciones en neurociencia de la infancia y la adolescencia nos han ayudado a comprender muy bien que no hay aprendizaje sin emoción y sin relaciones sociales, también que el desarrollo del cerebro viene predeterminado para ocurrir de una determinada manera, sin embargo, esa arquitectura cerebral se ve fuertemente influida por el ambiente.


Los ambientes que promueven una óptima arquitectura cerebral se caracterizan por brindar vínculos positivos con, al menos un adulto significativo, también una sana nutrición, posibilidades de tener actividad física, higiene del sueño y una adecuada (no excesiva) estimulación cognitiva. De todos estos factores, la vinculación positiva parece ser la más relevante, porque incluso ante eventos fuertemente adversos, el contar con ese vínculo puede ser un factor protector determinante.


Algunos niños, niñas y adolescentes, cuentan con adultos a su alrededor que favorecen el despliegue óptimo de la arquitectura cerebral; pero muchos otros no, y por lo tanto, esas competencias socioemocionales clave no se han desarrollado adecuadamente, y en parte eso explica las enormes dificultades que algunos estudiantes tienen para avanzar en sus competencias académicas y cognitivas.


En estos tiempos de pandemia, se agradece que se haya instalado la idea de que el bienestar emocional y social de las y los estudiantes es una responsabilidad de las escuelas. Ahora, es necesario avanzar hacia encontrar los caminos para integrar este objetivo, que siempre ha sido prioritario, con los objetivos de la recuperación “académica”. A directivos y docentes, les instamos a capacitarse en ASE, y a ser valientes para dejar atrás la idea de que tienen que optar. El ASE contribuye al desarrollo óptimo y es la base para los logros de cada niño, niña o adolescente, y para un mayor equidad en el sistema educativo.


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